En el barrio de Benimaclet, en Valencia, un local que estuvo cerrado cinco años reabrió en marzo como sala de ensayo compartida. No hay cartel luminoso ni horario fijo de apertura al público: funciona por reservas entre músicos del barrio, una biblioteca de partituras y un rincón para tomar café los sábados por la mañana. El alquiler lo pagan diecisiete personas con cuotas mensuales que no llegan a lo que costaría un garaje en la misma calle.
Ese tipo de iniciativa —pequeña, frágil, casi invisible en la prensa general— es la que sostiene buena parte de la cultura de proximidad en España. No depende de grandes festivales ni de presupuestos municipales generosos. Depende de vecinos que deciden que un espacio vacío es un desperdicio y de administraciones que, a veces, facilitan y, otras, ponen trabas.
Tipos de espacio, tipos de proyecto
He visitado en las últimas semanas seis proyectos en cuatro ciudades. Los patrones se repiten con variaciones. Hay locales comerciales vacíos cedidos temporalmente por propietarios que prefieren una actividad cultural a un escaparate cerrado. Hay naves industriales en polígonos periféricos reconvertidas en talleres de artes plásticas. Hay patios de colegios que el ayuntamiento abre los fines de semana para cine al aire libre o mercadillos de segunda mano.
En Vigo, un colectivo de teatro comunitario ocupa una planta baja que antes fue tienda de electrodomésticos. Ensayan tres tardes por semana y estrenan dos veces al año con entrada libre o aportación voluntaria. «No pretendemos ser un teatro profesional. Queremos que la gente del barrio vea teatro sin coger el coche hasta el centro», me dijo una de las coordinadoras.
Financiación: cuotas, subvenciones y trueque
La financiación rara vez es estable. La mayoría de proyectos combina cuotas de socios, subvenciones municipales puntuales y colaboraciones en especie: un fontanero del barrio que arregla una tubería, un bar que cede sillas para un evento, una imprenta que hace los carteles a cambio de visibilidad.
«Cuando la subvención llega en septiembre y hay que justificarla en diciembre, programas lo que puedes, no lo que el barrio necesita.»
En Bilbao, una asociación de vecinos del distrito de Otxarkoaga lleva cuatro años gestionando un espacio cultural en un edificio municipal cedido en uso. El ayuntamiento paga la luz y el agua; la asociación organiza talleres, conciertos acústicos y un mercado de intercambio mensual. El acuerdo se renueva cada año. «Vivimos con la incertidumbre de si el próximo curso político mantendrá el modelo», reconoció el presidente de la asociación.
Cuando el alquiler sube
El principal enemigo de estos espacios no es la falta de público, sino el precio del suelo. En barrios que empiezan a gentrificarse, los propietarios prefieren alquilar a negocios con más margen. Un local que pagaba 400 euros al mes hace cinco años puede costar 1.200 hoy. Los colectivos sin ánimo de lucro no compiten en esa liga.
Algunas ciudades han experimentado con figuras de tanteo y retracto para espacios culturales, o con registros de locales vacíos que priorizan usos sociales. Los resultados son mixtos. Donde hay voluntad política y presión vecinal, se salvan proyectos. Donde no, se pierden.
Relación con la agenda institucional
La cultura de proximidad no compite con la programación municipal; a menudo la complementa. Un festival de primavera en el centro puede incluir actividades en barrios periféricos si alguien conoce los espacios y los coordinadores. El problema es que esa conexión rara vez es sistemática. Las concejalías de Cultura y las de Participación Ciudadana no siempre comparten criterios ni calendarios.
En Córdoba, un mapeo participativo de espacios culturales de barrio —financiado con una subvención europea— ha servido para que la programación municipal incluya tres nuevas sedes en la agenda de otoño. Es un caso aislado, pero muestra que la información y la coordinación importan.
Qué queda cuando el proyecto cierra
No todos los espacios recuperados perduran. Algunos cierran tras dos o tres años por agotamiento de las personas que los sostenían, por subida del alquiler o por cambios en la prioridades del ayuntamiento. Cuando eso ocurre, el barrio pierde algo que no se mide en euros: un lugar de encuentro, una referencia, un hábito.
La cultura de proximidad no es un lujo decorativo. Es infraestructura social. Y como toda infraestructura, necesita mantenimiento, reglas claras y gente dispuesta a cuidarla. Los festivales de primavera y los mercados rehabilitados tienen más eco mediático, pero sin estos espacios pequeños la agenda cultural de una ciudad quedaría hueca en la periferia.
Para completar el retrato, le sugerimos leer el reportaje de festivales de primavera en ciudades medianas y el de Marcos Herrera sobre mercados municipales. Tres piezas, un mismo mapa: cómo la cultura se vive en España fuera de los focos habituales.